¿Solucionamos el hoy o el mañana? 

Un tema de atención para la sostenibilidad alimenticia y de nutrición de la población global futura es sin duda el suelo cultivable y su calidad. Más importante aún será entender como utilizarla para asegurar el recurso para las siguientes generaciones. El biomimetismo nos puede orientar en este camino sostenible. 

Es un tema que aparece tangencialmente a nuestras vidas, tal vez porque conforme pasa el tiempo nos concentramos en áreas urbanas y así perdemos progresivamente nuestra relación con el campo y la naturaleza. De vez en cuando, si, al salir a almorzar un domingo fuera de la ciudad, al ir en un avión cruzando una porción terrestre, al atravesar los campos en un tren o al salir de vacaciones somos capaces de contemplar la maravilla de las áreas rurales, su diversidad (no en todos los casos) y sus oportunidades. Nuestra vista cruza bosques, páramos, ríos, desiertos y lagunas mientras seguimos en movimiento. Y esa imagen progresiva nos encanta y nos relaja. En algún momento inclusive nos lo cuestionamos: El vivir en el campo, lejos del estrés y la congestión de las ciudades, cultivar alimentos, criar ganado y en resumen mejorar nuestro bienestar. Al ver a los agricultores labrando, trasladando las vacas, sus casas sacando humo por las chimeneas y produciendo alimentos de diversas plantas y animales nos generemos una buena foto para volver a casa. Allí, pocas horas después de haber llegado la idea y la imagen se disipa. Más preocupante aun, no logramos relacionar que aquel campo de girasoles, el agricultor, la vaca, el tractor, el suelo que lo contiene y el agua que serpentea el cultivo son esenciales para la subsistencia urbana. 

La superficie terrestre comprende 149 millones de kilómetros cuadrados, de los cuales un 71% corresponde a tierra habitable, 10% a glaciares y un 19% a tierras áridas (desiertos arenosos y de sal, rocas expuestas, playas y dunas). Gran parte del éxito del primer grupo es el tener un suelo apropiado para la agricultura, el crecimiento de bosques frondosos e inclusive para poder construir las ciudades en que vivimos. Básicamente, es el soporte sobre el cual se cimientan nuestra civilización y gran parte del mundo natural terrestre. Su deterioro en cambio puede tener un efecto muy negativo para el bienestar terrestre. Por un lado, si la deforestación continua (entre 1700 y 2016 los bosques han disminuido desde un 57% de la tierra habitable hasta un 38% en 2018) el suelo se erosionará y no podremos contar con recursos que sirven diferentes propósitos, entre ellos absorber el dióxido de carbono que emiten varios de nuestros diseños a través de los árboles, flores y plantas. Un gran reto para las décadas por venir es como podemos conservar y reforestar algunas regiones del planeta.   Por el otro, si nuestras prácticas agrícolas, especialmente aquellas basadas en el monocultivo continúan en las siguientes décadas a través del empleo de fertilizantes y pesticidas basados en combustibles fósiles y de métodos como la labranza intensiva. el suelo se hará cada vez más árido y nuestra seguridad alimentaria será cada vez más frágil y poco resiliente. El gran problema en este caso es la siguiente paradoja:  La agricultura moderna nos permite alimentar un gran porcentaje de la población humana (7.8 billones de habitantes para 2020 en comparación a tan solo 1 billón en1900), aumentando su productividad a través del uso insostenible del suelo y de recursos no renovables tal como el agua dulce. Sin embargo, sin esta práctica los alimentos escasearían, sus precios se dispararían y no sería posible entregar comida nutritiva a la mayoría de las personas. ¿Como podemos entonces lograr un equilibrio para solucionar el corto y largo plazo a la vez? 

No todas las noticias son negativas. Al menos nuestro objetivo en Greenroad es proporcionar soluciones dentro de posibilidades realistas. Un estudio muy interesante realizado por Daniel Evans recientemente nos demuestra que estamos aún a tiempo de poder realizar un cambio con impacto positivo para proteger nuestros suelos. A través de un análisis de suelos en 255 lugares del mundo, el estudio revisa cuantos años tomaría erosionar 30 centímetros de suelo fértil (tierra negra) basado en tasas actuales de erosión para tres escenarios: Suelos sin vegetación como el peor escenario, suelos que son manejados con prácticas convencionales y por último suelos que son trabajados con prácticas sostenibles con el objetivo de conservarlos. Los resultados son sorprendentes: En el primer caso, el 34% los suelos baldíos podrían durar 100 años antes de quedar completamente erosionados. En cuanto a los suelos con usos convencionales, dentro de los que de cuentan el monocultivo, el 16% de ellos durarían 100 años. Por último, en el escenario de suelos manejados con objetivos conservacionistas, el 7% de los suelos pueden perdurar por 100 años. De hecho, el estudio muestra que el 39 % de estos suelos durarían más de 10.000 años, generando un escenario muy amigable Tenemos entonces una gran oportunidad aquí para lograr resolver nuestra paradoja. 

El biomimetismo, la conservación de bosques y la agricultura están íntimamente ligados, ya que intrínsecamente estamos trabajando con la naturaleza. Más que imitarla, en este caso nos enfrentamos a intervenirla mínimamente para aumentar los beneficios para el ser humano sin arriesgar su supervivencia. Desde un punto de vista global, el primero consejo desde la perspectiva biomimética el es cambiar la visión extractiva de que tenemos en la agricultura, por una regenerativa en la cual producimos los alimentos a la vez que conservamos la diversidad de la naturaleza. En segundo, debemos preferir la producción local por sobre la de otros países, la cual implica una mayor huella de carbono entre otras desventajas. En tercer lugar, debemos reforestar bosques y terrenos baldíos para aumentar el suelo fértil. 

Para que los suelos puedan ser empleados para producir alimentos sin dañar su composición podemos concebir dos alternativas: Por una parte, aquellos grupos de personas que desean hacer del campo su experiencia de vida y que desean subsistir con lo que ella produce y los excedentes ser vendidos en mercados locales. En este caso la permacultura y la agroecología presenta excelentes oportunidades, teniendo casos de éxito que van desde 0.5 hasta 10 hectáreas, inclusive con generación de utilidades del 40% con ingresos de entre 150.000- 250.000 dólares por hectárea (Fortier, 2014). Sin embargo, esto no resuelve el problema de la alimentación global, para lo cual el autor Jocanovic (2017) nos recomienda la “agricultura integrada”, para mayores escalas. Ésta es definida por los estándares europeos como un sistema donde alimentos orgánicos, fibra, alimentos balanceado y energía renovable son producidos usando recursos de forma sostenible, sin el empleo agentes perjudiciales. 

Como el lector podrá observar, existen soluciones viables para alimentarnos y prevenir la erosión de los suelos. En la presente tabla presentamos algunas ideas de cómo las agriculturas siguen o no los principios de la naturaleza. Esperamos sean útiles 

Recomendamos los siguientes textos para profundizar en el tema: 

  • Baumeister, D (2014).  Biomimicry resource handbook.  

  • Fortier , J.M. (2014) . The market Gardener : A successfull grower handbook for small scale organic farming. New society publishers, Canada. 

  • Evans D.L et al (2020). Soil lifespan and how they can be extended by land use and management change. Environmental research letters, Vol 15 0940b2. 

  • Jocanovic (2019). Biomimicry in Agriculture: Is the ecological system design model the future Agricultural Paradigm. Journal Agricultural Environmental Ethics. Vol 32, pp.789- 804. 

  • Watson, J (2020). Lo-Tek. Design by radical Indigenism. Waru Waru Agricultural terraces of the Inca, Peru.   Taschen, New York.   

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